Como una novela, de Daniel Pennac

¡Dos semanas! Llevo dos semanas sin publicar y casi ni me había enterado, porque mi vida ha sido un ir y venir a la biblioteca. No, en serio, ha pasado muy rápido el tiempo y casi no he leído nada. Casi. Porque entre todos los manuales que tenía que leer hubo uno que me llamó la atención, que me enganchó y que, ay, no soy capaz de parar de citarlo. ¿Queréis saber porqué?

como una novela

Título: Como una novela

Autor: Daniel Pennac

Editorial: Anagrama

Traductor: Joaquín Jordá

Precio: 12’90 € (casa del libro)

Sipnopsis

Esta obra insólita, un auténtico estímulo para la lectura, ha sido uno de los grandes fenómenos de la edición francesa reciente. Pennac , profesor de literatura en un instituto, se propone una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que el adolescente pierda el miedo a la lectura, que lea por placer, que se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente elgida.

Todo ello escrito como un monólog desenfadado, de una alegría y entusiasmo contagiosos: “En realidad, no es un libro de reflexión sobre la lectura –dice el autor –, sino una tentativa de reconciliación con el libro”.

Este antimanual de litertura concluye con un decálogo no de los deberes, sino de los derechos impresciptible del lector (derecho a no terminar un libro, a releer, etc. incluso a no leer).

Opinión personal

El trabajo que ando haciendo va en la línea de porqué no me parece buena idea obligar a leer los clásicos en la ESO. Se puede trabajar con ellos sin necesidad de metérselos a los alumnos a presión. Y el autor de este libro tiene la misma idea, pero lo expresa tan bien, siendo tan certero en sus críticas que es imposible no darle la razón.

En estos casos creo que no importa tanto qué es lo que dice –pues no sigue una historia como tal, por lo que no destripo nada –, sino cómo lo escribe. Nos expone a esos dos lectores a los que tanto les cuesta engancharse, que no entienden porqué el mundo habla de la lectura como un tesoro y un placer a la vez. Nos describe la escena del adolescente enfrentado al libro (al libro como agujero negro que se lo traga todo, cuyo sólo sonido –libro –ya produce terror), arriba, en su habitación, con la única motivación de rellenar la ficha que le han pedido en clase, mientras abajo, en el salón, sus padres hablan de todo aquello que hace que los jóvenes no lean con el sonido de la televisión de fondo…

Nos habla de esos niños que, de pronto, dejaron el libro atrás, y al adolescente que se niega a volver a aquellos días en que se emocionaba con los cuentos que le leían para dormir. Y sugiere que quizás, quizás haya que volver a eso. A insinuar que la lectura es un tesoro para compartir, del que cada uno saca lo que quiere y que no tiene que compartir lo que piensa de lo que le cuenta porque la lectura es, ante todo, un acto íntimo. La lectura –más unas que otras –te ayudan a crecer, te influyen, te entretienen, te enseñan a conocer el mundo y a ti mismo. Y si alguien tiene que entrometerse entre tú y tus libros que sean para sugerirte caminos, títulos, ideas. Pero que no te obliguen porque “el verbo leer no soporta imperativos”. Porque exigir que disfrutes leyendo es una contradición.

Por eso, Pennac nos entrega sus tablas de los diez derechos de lector. El primero, el derecho a no leer. Y a hojear, y a saltarse páginas, y a no terminar un libro, a releer, a leer cualquier cosa, al bovarismo (a levantar un altar al libro que queramos, sea bueno o malo), a leer en cualquier lugar, a leer en voz alta, y a callarnos. El derecho, en resumen, a decidir qué, dónde, cuándo y si queremos leer.

He de reconocer que según pasaba las hojas, no sólo iba apuntando ideas para trabajar en clase, sino que iba pensando en a quiénes tenía que dejar el libro. A quiénes lo iban a adorar y a quién, sin duda, iba a reírse a carcajada limpia como lo estaba haciendo yo. Salieron nombres a tutiplen, entre ellos mi hermano, que tras 20 años intentando que leyera ahora le está cogiendo el tranquillo. Y me he dado cuenta de que ha sido porque en mi casa siempre ha visto que la lectura es un vicio –el final del día o de la semana se nota porque mi madre en el salón, mi padre en el estudio, y yo en mi habitación estamos leyendo –. No le decimos que mola y que tiene que hacer, si no que nos ve enganchados a un libro en cuanto tenemos oportunidad. Lo que sí hacemos es estar atentos a cuando dice que quiere leer algo y en cuanto me dice que quiere leer x libro, voy volando a por él. Y este libro me parece a mí que ya puede leerlo.

Porque me parece un libro sólo apto para quien entienda que disfrutar al leer un libro es posible. (Y es la única manera de leer. De leer en el completo sentido de la palabra, no de ver líneas sobre el papel. Ya me entendéis).

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